La bruja negra
Del Cascallares
Un blog de Jorge Benito
Recuerde que detrás de cada frase está el grito de una persona muriendo
Espacio
Por fin iban a festejar el cumpleaños de Alejandro con un asado, después de tanto tiempo.
Toto y Tadeo tocaron el timbre, esperando que Ale les abriera la puerta. Impacientes porque ale tardaba y querían felicitarlo.
Pero la puerta la abrió una mujer.
-Silvia die Tadeo sorprendido.
-No, rectifica Toto, Silvia murió, en forma muy sospechosa pero murió.
-Pero ella es igual...
-No, no, esta es más joven y, me extraña araña, como no notaste que tiene ojos verdes.
-Cierto, dice Tadeo mientras abre mucho sus ojos.
En ese momento llega Ale corriendo
-Uh, yo quería contarles primero, dice Ale mientras la abraza, pero bueno, conozcan a lola.
Se saludan, Tadeo seguía mirando fijamente a la morocha de ojos verdes, sintiendo el fuerte perfume que emanaba, tan sensual...
Ella fue a la cocina- Chicos, yo voy a hacer las ensaladas, Uds. Charlen.
Ellos fueron a la parrilla a ayudar a Ale con unas mollejas que se le resistían
-Che, dice Toto, ¿No es Silvia seguro?
-No, es más joven asevera Ale.
-Sí, acota Tadeo, podría ser tu hija...
-No, no, le hice un ADN.
-¿Y un clon de Silvia? Eso está de moda.
-No, tampoco, también hice un ADN de ella.
Tadeo pensó que Silvia estaba en el cementerio del oeste, como le iba a hacer un ADN.
-¿Pediste la exhumación? Dice extrañado.
-No, eh, no preguntes mejor. Dice ale tocándose la mano lastimada, tal vez por manejar una pala a medianoche...
-lo que importa es que es una mina bárbara y nos queremos mucho.
Ahí, Toto y Tadeo se dieron cuenta de lo desmejorado que estaba Ale, muy flaco y pálido, con profundas ojeras violáceas. Hasta se le había caído el pelo.
-Parece que sexo es bueno dice Toto
-Uf, no sabes...
En realidad, yo tampoco se. Es como que tengo las noches sin recuerdos. Pero me levanto cansado y ojeroso ni las vitaminas y pastillas de Raffo me mejoran.
Tadeo pensó que pastilla non sanctas estaría tomando Ale, otra vez...
El asado transcurrió tranquilo. Lola resulto ser una anfitriona perfecta. Había visto montones de películas, leído miles de libros y hasta conocía montones de anécdotas de los tres que Ale debía de haberle contado.
Volviendo en tren, Toto y Tadeo comentaban todo aquello.
-Hay algo raro dice Toto.
-¿En Lola? Pero si es perfecta dice Tadeo, pensando en esos ojos verdes y el perfume a Heliotropo.
-Eso, tenes razón, es demasiado perfecta. Hay que descubrir el truco. Volvamos a espiarlos.
-No, eh, tengo una idea mejor. Venite a casa.
Entraron en la casa de Tadeo.
-Viste, dice Tadeo, que yo estuve asesorando a una empresa gallega por unas cámaras de vigilancia.
-Sí, ¿Qué pasa?
-Pasa que estuve trabajando con ellos, en cosas medio secretas por eso no les conté nada.
-¿Secretas?
-Sí, ponían cámaras en las casas de la gente sospechosa para vigilarlos.
-¿Y eso que tiene que ver con Ale?
-Y... que yo puse cámaras en las casas e ustedes. Nos pasaron tantas cosas raras que...
Toto tembló, cámaras en su casa. Y él... con aquel marinero turco...
Mejor no pensar, pensó.
-Vení, dice Tadeo y entran en una habitación abarrotada de monitores.
-Acá vigilo las cámaras que instalamos.
Toto seguía mudo mientras Tadeo buscaba en la compu las imágenes de la casa de Ale.
-Acá están.
Y vieron por el monitor las imágenes del dormitorio de Alejandro.
Lola volvía de afuera de la habitación, tal vez del baño supusieron tenía puesto un conjunto muy sensual, con portaligas y todo. Se puso a bailar de una manera muy sexi como si estuviera en el bar El Pingüino.
Toto y Tadeo dudaron de seguir mirando.
Pero la curiosidad pudo más.
Lola llegó a la cama, ale ya estaba recostado y con cara de ansiedad. Ella se fue acercando, moviendo las manos.
Ale cayó dormido.
Lola sonrió ampliamente, se llevó las manos al pecho
Ellos no podían separar los ojos de la pantalla.
Lola introdujo sus dedos en el esternón y abrió su pecho, que pasó a formar como una capa membranosa, llena de bocas diminutas que se estiraban buscando la piel de Ale, acostumbradas a la piel de Ale.
La capa rodeo el cuerpo de Alejandro. Aunque no tenían sonido pudieron sentir el ruido que hacía la succión.
-Eso era, dice Toto, se estaba alimentando del pobre Alejandro.
¿Qué clase de parasito era?, ¿De qué planeta había venido? ¿Sería el olor que cayó del cielo? Pensó Tadeo al recordar su perfume...
-¿Es un demonio? Dijo Toto. Tenemos que comprobarlo
-¿Como?
Fueron a la casa de Ale esa mañana, luego de ver que ambos se habían ido.
Llevaban un libro de hechizos que encontraron en la biblioteca del pabellón dos de la facultad de Ciencias Exactas.
Armaron, con sal del Himalaya, una línea blanca a través de la puerta del dormitorio, dijeron los hechizos y se escondieron en el armario del cuarto, ellos no tardarían en volver.
Desde su escondite veían la línea blanca que impediría que Lola llegase otra vez hasta la cama de Ale.
Todo se repetía como la noche anterior.
Pero, al querer entrar lola vio la línea de sal, sonriendo miró a la cámara, ¿Sabría que estaban espiándola?
Se agachó, entonces, y simplemente soplo la sal, armando un camino libre para pasar
-Maldición, dice Tadeo.
-pero no la pisó, como habría hecho una persona normal. Tengo otra idea.
Lola ya había desplegado su capa de carne y se abalanzaba sobre el dormido Ale.
Toto y Tadeo salieron del armario con los puños llenos de verdades, digo, de sal y empezaron a arrojársela a lola, hasta cubrirla. Ella empezó a retorcerse y a maldecirlos.
-Tenía razón, toma babosa, le decía Toto enardecido, mientras le arrojaba más sal todavía.
Lola empezó a exudar un líquido plateado, se iba desecando como una babosa, tenía razón Toto.
Asqueados vomitaron largamente...
Al rato, ella sólo era un charco blanquecino.
Por suerte Ale ya estaba desmayado y al mañana siguiente no recordaría nada.
Pero ellos ya no podrían olvidar...
Las cámaras de su trabajo
Tadeo caminaba apurado.
Ya conocía el camino de memoria, tantas veces lo había hecho. Y aunque la noche era oscura, él no dudaba.
Eran las mejores, pensó.
Llegó a la casa y abrió la puerta, había adquirido una gran habilidad para abrir cerraduras.
Y para caminar sin ruidos...
En la casa todo está tranquilo, como siempre.
Ella dormía en paz, en su cama de sabanas de seda, no sintió la entrada de Tadeo.
Esa era la idea...
En su trabajo Tadeo había colocado cámaras para una empresa de vigilancia.
En esa casa vivía un asesino, decían los vecinos.
Pero nadie le pudo demostrar nada y el tiempo pasó. Y el asesino, harto de vecinos tan indiscretos se mudó a otro sitio.
Nadie se tomó el trabajo de quitar las cámaras, total estaban tan bien escondidas que ningún inquilino las vería.
Tadeo aburrido, solía mirar las imágenes de esa casa cada tanto, en medio de la vigilancia de las otras casas por las que le pagaban.
Hasta que en esa casa se mudó ella...
Tan exótica, con su cabello rojo fuego y esos ojos tan azules, además de un cuerpo para el infarto.
No había denuncias contra ella, así que tendría que haber dejado de espiarla.
Pero no podía.
Cada vez más elegía sus cámaras para ver.
Y se aprendió todas sus rutinas, el desayuno con arándanos, los estudios, su gimnasia...
Mas y más, casi todo el tiempo se pasaba viendo esas imágenes, hasta cuando cierro mis ojos decía Tadeo, soñador...
Empezó a entrar en su casa cuando ella no estaba.
A respirar su perfume.
Pero no le alcanzaba.
Una noche probó a entrar mientras dormía.
No la despertó.
Y fue tan hermoso verla ahí, en su cama, con su cabello alborotado, su respiración tan tranquila.
Ver sus pechos que subían y bajaban...
Se acostumbró verla cada tanto, mientras dormía. Así, en silencio absoluto.
Hasta que un día que estaba mirándola a los pies de la cama, sintió un ruido.
La puerta de la calle.
Él está seguro de haberla cerrado, corrió a esconderse. Vio entrar a un hombre.
-Un ladrón, pensó. Tal vez el asesino, el inquilino anterior, que ahora atacaba en el barrio.
¿Qué hacer?
No podía darse a conocer, saltaría todo lo de las cámaras.
Entonces, tomó un jarrón y silenciosamente se acercó al ladrón, hasta partírselo en la cabeza.
Cayó desmayado.
Y Tadeo corrió por la puerta abierta, llamando a la policía cuando vio que ella prendía las luces, asustada.
Hasta llegar a su propia casa.
Agotado, se durmió enseguida, sintiéndose un héroe que la había salvado de un ladrón, asesino y violador.
A la mañana siguiente, vio en la tele, el extraño caso de un ladrón que había llamado a la policía cuando el padre de la chica que vivía en esa casa, llegó de sorpresa en medio de la noche.
-¡El padre!
En fin, igual la pareja no tenía destino. Él no podría hacerle el amor nunca por miedo a que alguien estuviera mirando.
En la casa
Toto estaba esa tarde revisando la casa de la abuela e Norita, al fin se lo estaba tomando en serio y pensaban convivir.
La casa llevaba un tiempo vacía y les venía perfecta para sus planes. Por eso estaba tomando medidas y viendo que cosas había que arreglar.
Toto estaba sucio y polvoriento, el olor humedad lo distraía.
De repente...fiiuuu...
Algo pasó volando
-Un mosquito del dengue, gritó asustado y empezó a correrlo, aplaudiendo en el aire sin alcanzarlo.
Hasta que se posó y Toto golpeó con fuerza una encimera que estaba sobre la chimenea.
Con demasiada fuerza.
La tabla resultó ser todo un mueble que se desprendió de la pared cayendo al piso entre medio de una nube de polvo.
Toto vio que había un montón de basura detrás, fue encontrando fotos y postales. Se tiró al piso para mirar todo más cómodamente.
Hasta encontró un libro.
Leyó el título y quedó paralizado.
“El Necronomicón para niños” decía, y agregaba, con un mini portal dimensional para armar.
-¿Qué es esto? Se preguntó.
Empezó a hojearlo y encontró los conocidos nombres de Cthulu, Yog Sothot, los perros de Tindalos...
Aburrido de tanto tomar medidas, buscó la parte del portal.
Encontró las instrucciones y por hacer algo, recitó las frases del conjuro.
Y ahí apareció el portal.
No podía creerlo.
Se veía una inmensa cueva, las altas paredes rocosas rezumaban una humedad viscosa.
A pesar de su conocido descreimiento decidió entrar en ella. El olor era insoportable, algo marino, añejo, decadente como un laboratorio de Exactas.
Vio un ojo inmenso en el fondo de la cueva, rodeado de inmensos tentáculos.
Cthulu
Quedó paralizado al darse cuenta.
Enseguida reaccionó y se ocultó detrás de unas rocas para poder mirar todo.
Había una chica ensangrentada, atada con sogas verdosas, un ser horroroso blandía un látigo lleno de espinas.
Se veía un inmenso letrero que marcaba algo así como números. Al castigarla a la chica, los números decrecieron.
Toto entendió que esos números marcan la energía que faltaba para poder abrir un portal inmenso que permitiría la vuelta de Cthulu a la Tierra.
El sufrimiento de la chica aceleraba ese momento
Calculó que con la muerte de ella prácticamente abriría el portal solo se necesitaría un poco más de energía.
Por eso tanta alegría se sentía en el aire. Cthulu parecía feliz.
La cabeza de Toto no pudo pensar cuantas muertes llevarían para haber llegado a esos números, el cartel era inmenso. Debían de llevar miles de años haciendo esto. Y faltaba poco...
La chica estaba desmayada y los seres, tal vez demasiado estúpidos para otra cosa que no fuera torturar, no podían despertarla.
Si no sufría no se cargaba el portal. Y Cthulu estaba ansioso.
Apareció el otro ojo de Cthulu en lo alto de la cueva y pareció indicarles algo a los monstruos.
La desataron y la llevaron a un costado de la cueva, ahí vio Toto, que era una especie de calabozo.
La tiraron de mala manera, al piso de la celda y se fueron riéndose y a los golpes entre ellos.
Toto vio la oportunidad y corrió agachado a tratar de ayudarla, con un poco de trabajo consiguió abrir la cerradura, por suerte la chica ya se despertaba y pudo correr con él.
Salieron del calabozo, la chica le señalo un pasadizo entre la roca.
Corrían ambos, la chica iba tropezándose con todo, agotada por tanto castigo.
Los seres los vieron o los oyeron, más bien, y corrieron tras de ellos.
Sonreían.
Y con razón, ese pasadizo terminó en una pared de roca. Los alcanzaron enseguida.
Lucharon pero era inútil, todo era muy desigual.
Uno de los seres arrojo a Toto contra una pared. Toto aterrizó de forma dolorosa contra el piso a punto de desmayarse.
La chica fue reducida casi al instante.
Toto comprendió que si lo atrapaban, conseguirían la energía que faltaba para abrir el portal...
Se maldijo, gracias a su estupidez, Cthulu volvería a la vida.
Se puso en pie, trataría de que lo mataran antes de conectarlo al portal, era su única salida
Gritó.
-Vení que te mojo la oreja, cuis Morgan. Provocando a los monstruos.
Estos volvieron su atención hacia él.
De repente, Toto, vio una pequeña hendidura en la roca. Por ahí podría escapar, los seres eran demasiado grandes para entrar por allí.
Se agachó y emprendió la huida, mientras escuchaba las maldiciones de los seres monstruosos.
En una pausa para descansar, recordó el portal que todavía tenía en el bolsillo.
Repitió el conjuro y corrió a la seguridad de la casa de la abuela de Norita.
Se recostó en la pared, cerrando los ojos.
Pero al abrirlos, dudó de todo. ¿Y si se había quedado dormido y todo fue un sueño?
-Bueno, pensó, menos mal que no creo en estas cosas que si no estaría muy preocupado por ese cartel y su cuenta atrás...
Invitación al castillo
Stella disfrutaba de unos días de vacaciones en la casa de su amigo Niel, allá en Escocia con sus acantilados y castillos derruidos llenos de historias y fantasmas.
Se divertías, la pasaba bien con su amigo, pero le había tocado un tiempo muy frío, aunque estuvieran en verano.
Recordó la invitación del Joven Percy, así se lo llamaba, a visitar su casa.
Hacía mucho que no lo veía, es que cuando todavía estaba casada, él le había confesado estar enamorado de ella con lo cual logró que ella se pusiera en guardia. Ya no lo pudo tratar igual que antes.
Pero siguieron viéndose y cuando volvió a Argentina se escribían seguido. Ahora se había enterado de que ella iba a Escocia volvía a invitarla a su castillo. A Stella le entraron ganas de verlo y le escribió al día siguiente para avisarle que iría a su casa a pasar unos días.
El viaje no era difícil y llegó al atardecer. La casa, señorial, estaba oscuras
-Hola, gritó ella.
Y una voz, desde dentro, le dijo- Pasa, está abierto.
La sala era enorme y estaba en penumbras, la voz venía de un sillón en el Angulo más oscuro.
-Percy, dijo ella con alegría.
-Stella, que suerte que viniste.
Ella corrió a saludarlo pero él se disculpó.
-Recién estoy convaleciente y creo que ya me estoy engripando otra vez, mejor saludame de lejos, no sea cosa que te contagie...
Ella se quedó medio cortada, allí, parada, sin saber qué hacer.
-Pero Vení, sentate, le señalo un sillón, disculpa el desorden pero la ama de llaves, la querida Mildred, tiene a la madre enferma y lleva días sin venir y yo... bueno, yo mucho no puedo...
Contame como estas.
Ella le contó todo, charlaron como mil horas.
-En la cocina debe de haber comida enlatada, hacete algo por favor. Te vuelvo a pedir disculpas. Yo no tengo apetito y estoy algo cansado.
-Sí, no te preocupes que yo me arreglo.
-Ah, y en la planta alta tenes habitaciones para dormir. Elegí la que quieras. Yo casi no salgo de este sillón, me fatigo mucho...
Stella fue a la cocina vio que todo estaba un poco sucio, lleno de polvo, y en las sala también lo notó. La querida Mildred me parece que llevaba fuera más que unos días. Pobre Percy.
La heladera estaba desenchufada pero había latas de sobra, así que comió en silencio, preocupada por la salud del Joven Percy.
En los días siguientes se ocupó de a casa y de las compras. Percy no salía del sillón, se lo veía muy desmejorado, demasiado pálido.
Eso sí, charlaban horas y horas.
Percy demostraba ser un hombre de mundo, tenía mil anécdotas de mil viajes, de mil parientes, hasta de la vieja reina que había fallecido.
Ella reía.
Y le contó de su hijo, su nuera de sus amigas y amigos, de la argentina y de los líos que había allí.
Una noche, especialmente fría, le entró un ataque de nostalgia mientras hablaban. Le confeso a su amigo que se sentía un poco sola con su hijo lejos.
Y Percy fue tan amable, le dio tan buenos consejos, le habló con tanta dulzura que sus sentimientos por el cambiaron.
Ya no lo miraba como amigo.
Se dio cuenta que sentía algo más por él.
En un arranque, se levantó del sillón y fue hacia él, todavía eran jóvenes tenían posibilidades juntos se dijo y se acercó con la intención de besarlo, sin que le importara la gripe ni nada.
Acercó su cara a sus labios, sus manos a su cabeza.
Pero atravesaron el cuerpo, solo encontraron el aire, aunque ella seguía viendo su rostro, tal vez ahora un poco más traslucido.
-Oh, dijo ella
-Ay, Stella, perdóname. Sabes que te quería muchísimo, por eso te escribí.
Me juré esperarte, sabía que podías enamorarte de mí. Pero fue tarde, la enfermedad pudo más y...
Stella vio que se empezaba a desvanecer.
-ahora que sé que también me amas, me puedo ir tranquilo. Te amaba mucho pero Dios dispuso otra cosa.
Y el salón se quedó vacío.
Y Stella sintió un vacío en el corazón...
Los suegros
Hugo estaba nervioso, hoy conocería a los padres de su novia de nacionalidad china.
Los suegros viajarían especialmente desde Beiging donde residían habitualmente.
Xi, su novia, estaba estudiando en los países Bajos y se habían conocido por amigos comunes, enamorándose casi de inmediato.
Y hoy vendrían los padres de ella a conocerlo.
Volvió a acomodar todas las cosas, ella había sido muy precisa. Claro que cuando llegaron ellos nada les importó, estaban contentos por su hija y todo les parecía perfecto.
Fueron días de paseos y de mostrarles la ciudad.
Pero a Hugo le extrañaba la variedad de ropas que usaban, nunca repetían un atuendo.
Se quiso convencer que las valijas que traían eran grandes, seguramente eran seguidores de Marie Kondo y sabían guardar la ropa prolijamente.
Igual le hacía ruido el asunto. No sabía por qué.
Y hoy ellos saldrían solos con Xi, porque él tenía trabajo que hacer.
Cuando se quedó solo, no pudo concentrarse en la tarea. Una idea le daba vueltas en la cabeza.
Al final cedió y subió a la habitación de sus suegros.
Allí, justo en el centro estaba la valija, miró los estantes del placard pero estaban vacíos.
-¿Y la ropa?
Fue hasta la valija y la abrió.
También estaba vacía.
-¿Vacía? ¿En serio?
Miró bien y en el fondo de la valija vio otra habitación. Extrañado se metió en la valija para salir por el otro lado a una habitación extraña.
Descubrió una casa y una ciudad diferente, llena de personas de ojos rasgados.
Beiging, pensó.
Comprendió que esa valija comunicaba con la casa de sus suegros en China.
No podía creerlo.
¿Quiénes eran ellos?
Extrañado miró en la habitación, recorriéndola minuciosamente. Había una inmensa biblioteca, llena de libros que parecían antiquísimos.
Recorrió los lomos pero todos estaban en chino. Él siempre le prometía a Xi que iba a aprenderlo pero lo iba dejando y dejando.
Hasta que encontró un libro en latín, lo tomo, por lo menos las letras le eran familiares.
De Vermis Misterii, decía la tapa y parecía hablar de magias oscuras y milenarias.
¿Si sus suegros podían hacer eso con la valija, que cantidad de cosas podría hacer él?
Lo tomo en sus manos y salió corriendo hacia su casa.
En los días siguientes fue estudiando el libro a escondidas. Llegó a una parte que le permitía multiplicar las cosas.
Se entusiasmó.
Sacó un billete y dijo el conjuro.
Inmediatamente la mesa se llenó de billetes.
A simple vista pensó que eran por lo menos diez millones de euros...
Sonrió.
Compraría una casa, un auto de lujo, un yate hasta invitaría a cenar a su madre.
Tomo los billetes y los arrojo al aire como un gánster de película.
Pero al atraparlos, vio un detalle.
Un hondo desaliento penetró su alma.
Los billetes eran perfectos, billetes de 50 euros que pasarían todos los controles.
Pero todos, todos, tenían la misma numeración.
La del billete original...
Arrugó un puñado y lo tiró a un rincón.
No servían para nada.
¿No?
Se dio cuenta que no podía gastarlos todos juntos pero separados no tendría dificultad. Tardaría más pero era un montón de dinero igual.
Contento, esa noche fueron a comer afuera.
Lástima que ellos eligieron comida china...
Como un castillo
De arena
-Che, me parece que Alejandro tiene problemas, dice el Toto
Y Tadeo le contesta
-¿Otra vez? No tenemos paz con este tipo. ¿Qué pasó?
-Hubo algún problema en el trabajo, dijo mi amiga que también trabaja ahí. Y parece que Ale lleva unos día sin ir a trabajar...
Llegaron a la casa y se asustaron, ale había contratado un camión para que le llenara la casa de arena.
Y estaba en el jardín, sentado con los pies en la arena, mirando el cielo, tal vez buscando algo.
Ellos se preocuparon todavía más cuando vieron que ni les contestaba el saludo.
Tadeo le dice
-¿Que es esta arena? ¿Te crees Brian Wilson vos?
Ahí ale lo miró
-No, le dice cortante y se va para adentro.
Y grita
-Soy Abdul, Abdul Alhazred y he vuelto a mi Arabia querida, a mi desierto.
-¿Pero qué pasó? Le dicen a dúo.
-Lo robé, sh, sh, no se lo digan a nadie. Es mi tesoro dice encorvándose como Gollum en el señor de los anillos. Yo me conozco todos los modelos de camiones, así que enseguida noté ese compartimiento secreto. Pero shhhhh.
Pensé que habría droga y sé que Uds. Me iban a agradecer el regalo...
Pero ahí encontré el libro que escribí hace tantos centenares de años. El Necronomicón.
Sh, Sh,
Y ya no dijo nada más.
Toto y Tadeo se miraron, creyeron que estaba desvariando ¿Qué habría pasado?
Se fueron para la fábrica para hablar con el jefe de Ale.
-Si, dijo él, ¿Cómo esta Ale? No pensé que esto le fuera a afectar tanto.
-¿Qué pasó?, le preguntaron
-Un camión que salió de acá, ni sabía que Ale lo conociera al camionero que era un tipo normal, callado, Yo no había charlado nunca con él por lo menos.
Resulta que sale de acá y hace un par de cuadras, no saben porque pero pierde el control y se estrella contra una pared, enseguida se prende fuego. Los de seguridad corren con matafuegos y enseguida sofocan el incendio.
No sabemos qué pasó con el camionero si saltó o se quemó hasta las cenizas pero no apareció ni rastro, por más que lo buscamos por todos lados.
-¿Desapareció?
- a lo mejor se durmió o estaba borracho y pensó que lo iban a culpar por el choque y se escapó, esta gente es así, dijo despectivo.
-Qué raro, dice Toto, medio indignado con el tipo.
-Si es por eso, más raro lo que dijo esa mujer.
-¿Qué mujer?
-Una vecina de esas que lo único que hacen es espiar a los demás. Dice que vio como unas sombras aladas rompían la puerta del camión como si fueran de papel y se llevaban al camionero volando.
Eran unos seres monstruosos, horribles, con unas alas negras y correosas, con esas caras mitad hombre mitad pájaro o carancho, no sé.
-Como gárgolas, le dice Tadeo
-Ahora que lo decía, sí que parecían gárgolas.
Toto y Tadeo se miraron.
Pensaron en Ale y lo que dijo del Necronomicón.
En esas páginas malditas se hablaba de una raza alada, esclava de Cthulu, que los usaba para acallar a aquellos hombres que le habían fallado.
Entonces ¿Sería cierto que Ale se había robado un Necronomicón? ¿Y había condenado a ese hombre a un horror inimaginable?
Corrieron de nuevo a la casa de Ale.
Allí lo encontraron en medio de un espectáculo dantesco.
Ale había armado una especie de altar y estaba quemando un montón de hierbas extrañas.
Tadeo escandalizado le dijo.
-¿Sahumerios? ¿Qué te pasa? Sólo falta que te conviertas en vegano para que nos mates de un disgusto.
- No, estúpido, se trata de un conjuro, dice reprimiendo una arcada, el olor era francamente insoportable.
-Sí, dice Ale, está en el libro.
Su voz estaba cambiada, usaba giros anticuados, palabras extrañas. Lucía más aplomado y se podría decir que tenía una garganta con arena como Goyeneche.
-Hoy es el día, sentenció.
Es el solsticio de primavera y los planetas están alineados como hace mucho no pasaba.
El portal será abierto.
Toto que se seguía peleando con Tadeo, dice distraído
-No lo abras que hace mucho frio.
Pero inmediatamente se da cuenta que Ale o Abdul, se refiere a otra cosa.
Quiere abrir un portal para permitir que Cthulu vuelva a la Tierra desde su destierro en la ciudad de R¨yleh, donde yace por siempre dormido.
Pero ya no dormirá, grita Abdul-.
¡Volverá y me hará rey del mundo!
-Y con la voz de Ale dice, no se preocupen muchachos que no me voy a olvidar de ustedes.
Toto y Tadeo se horrorizan.
Pero que pueden hacer si le quitan el libro también esos seres monstruosos lo atacaran por perderlo, como atacaron al camionero.
Sólo si termina su misión podrá sobrevivir.
¿Dejaran que Cthulu vuelva?
Se miran, saben que no pueden permitirlo...
Toto dice, ya sé, hagamos esto...
Cuando vuelven, Abdul tiene casi todo listo.
Se pone contento que sus amigos, sus queridos amigos, lo vayan a ayudar.
El solsticio se acerca.
Se siente el tirón gravitatorio de tantos planetas alineados
Ale empieza a recitar
Ph´nglui mglwinafh
CTHULU
R´lyeh anwg fhtagn
wgah´nagl fhtagn
CTHULU
Mynngah
El solsticio se acerca, sigue diciendo el conjuro en latín. Ya se ve a Cthulu a través del portal. El olor es vomitivo.
Ya está. Ale dice la frase definitiva
Ego in puto orto meo. Perctha.
Pero no pasa nada.
Abdul palidece, no comprende nada.
Grita más fuerte.
Y nada.
Nada.
Abdul maldice, porque habría dicho el conjuro en latín si él solo sabe arameo. El solsticio pasa, el portal se desvanece. Habrá que esperar otros 800 años para que se acomoden los planetas y se pueda volver a intentarlo.
Ale se desmaya.
Toto y Tadeo sonríen, sabían que era la única manera. Le habían cambiado la hoja del Necronomicón y pusieron una frase pelotuda, la única que Tadeo se acordaba de cuando estudiaba latín en loa secundaria.
Se pusieron a enterrar el Necronomicon en el fondo del jardín de la casa de Ale, pensando que tenía que quedar cerca para que Ale estuviera protegido de un eventual ataque de esos monstruos alados.
Ellos sonreían, pero no pensaron que ahora Ale tendría que volver al trabajo. Un castigo más terrible que Cthulu...
Ahí viene
Ahí viene
La señora Muerte,
Con su ropa negra
Y sus ojos verdes,
A darme
Sus besos fríos
Y estoy acostumbrado
Tantas mujeres conocí
Que besaban igual...
Sombra
Tu sangre no hace sombra.
Mientras caía sí.
Pero en el piso no.
Y está perdiendo el brillo...
Correr
Correr.
Correr, enloquecido bajo la luna roja.
Buscándote...
De visita
Siempre termino yendo a visitarte.
Si, a pesar del tiempo y los contratiempos.
Siempre voy a visitarte.
De día, de noche...
Y hasta el guardián del cementerio ya me conoce...
Difícil de limpiar
La sangre no se va, lavo, restriego, pienso en otra cosa pero no se va.
Todo el tiempo veo la sangre.
Y pienso en ella y sus ojos verdes.
Pero no volvía verla desde que la ayudé a matar a los padres para cobrar su herencia.
A ver, probaré con ácido...
En la universidad
Había conseguido una beca para estudiar en la Universidad de Miskatonic, y como era suficiente para vivir cómodo, soy un hombre frugal, decidí alquilar un viejo caserón en lugar de vivir en el campus de la facultad.
Estaba en las afueras y tenía una larga historia de fantasmas y asesinatos, en fin, lo normal en Arkham...
Nadie me había advertido que los meses de invierno eran muy fríos y me costaba salir a la calle entre la nieve.
Por eso solía caminar por dentro del caserón para mantenerme caliente. Es así que en una de estas caminatas, noté que una de las molduras del techo estaba medio suelta. Me subí a una escalera prestada y quise arreglarla. Pero con poca fortuna pues se terminó cayendo.
Quedó un agujero.
Pero no estaba vacío...
Había en él un libro de aspecto extraño. Encuadernado en lo que parecía piel humana.
El Necronomicón.
Sorprendido, lo acuné en mis brazos.
D4esde ese día lo tengo escondido, nadie lo ve.
Maté a mi profesora de árabe para que no sospechara nada.
Maté a varias prostitutas que se atrevieron a compartir mi cama...
Tal vez, tanta muerte me acerque a Cthulu.
Sé que en algún momento, no muy lejano, se dará la alineación de planetas y estrellas que predijo el viejo profeta Abdul Alhazred.
Y tantos pesares darán resultado...
Es una lástima
Lástima las luces, me decís.
No me dejaron poner luces ni focos ni tampoco algún colgante.
No sé porque, dice ella, queres festejar tu cumpleaños en un cementerio.
Porque aquí, le digo, pasaré más tiempo que en ningún otro sitio.
La Biblia negra del Faar
Cuenta la leyenda la historia de un mago, ocultista, alquimista y experto en artes oscuras, llamado Bonnard.
Necesitado de meditar y como no hay muchos desiertos por la zona eligió un lodazal, al lado del río, en una época anterior a los hombres, tal vez anterior a la misma muerte.
Dicen que ahí, justamente ahí, en una sola noche, levanto un inmenso edificio gracias a pactos no santos con seres de otras dimensiones. Edificio que aún existe y se lo llama Pabellón dos...
Los demonios le dictaron un libro de hechizos y conjuros. Se llamó Faaris Perctha, la biblia negra del Faar.
Llamado a otros menesteres, tal vez cuidar de Cthulu, el mago ocultó el libro entre un par de paredes.
Dicen también que hubo un grupo de estudiantes que lo encontró y siguió sus lecciones oscuras. Se supone que ahora están en una dimensión distinta de la original, tal vez atrapados tal vez disfrutando tantas cosas mal habidas...
Y el libro cayó en malas manos que rechazaron sus enseñanzas y que lo arrojaron a lo más profundo del río para librar a la humanidad de un terrible destino...
Todo esto se lo contó Alejandro a sus amigos Toto y Tadeo, los había citado en el bar el Pingüino.
Y algo más les iba a pedir, algo oscuro y terrible. Tan terrible como estudiar química cuantitativa.
-Ud. saben, empezó Ale, que siempre voy a nadar a Cascallares y ahí...
-¿Uh, no me digas que encontraste a la bruja negra del Cascallares? Interrumpe Tadeo.
-¿Qué es eso? Dice Toto.
-No, nada, después te explico...
- Resulta, sigue Ale, que mientras nadaba esquivando la basura, lo que aumenta mi ejercicio físico, encontré en el fondo, un libro tirado entre las aguas transparentes.
Tenía una cara demoníaca en la cubierta, tan fea que al principio pensé que era un espejo. Pero al abrirlo vi que se trataba del Faaris Perctha, aquel del que se hablaba cuando estudiábamos en Ciencias Exactas.
-Pero ¿eso no era una superchería?
-Ya ves que no. Además acordate que ya el mismo Aleister Crowley lo nombra en sus crónicas diciendo que el mismo Abdul Alhazred tenía miedo de leerlo.
Y encontré que tiene un método para pasar otra dimensión.
-¿Me estas jodiendo?
-No, no, es cierto. Por eso necesito de ustedes. No quiero ir solo. Por lo poco que vi esta es una dimensión intermedia y creo que desde allí podríamos llegar a la dimensión donde Cthulu aguarda por siempre dormido.
-¿Estás seguro?
-Solo los tontos están seguros... pero si, estoy seguro. Encontré allí una enorme biblioteca y ustedes saben de eso más que yo que en la facultad no pasé de las mesas de ping pong. Necesito que me ayuden a traducir los libros. Hay en latín, hebreo y árabe antiguo.
En la biblioteca hay diccionarios de todos esos idiomas.
Piensen que si conseguimos que Cthulu retorne, entre los tres podríamos dominar la Tierra...
Toto y Tadeo dudaban, son cosas demasiado oscuras. Pero su realidad, este mundo, bien mirado no esta tan bien que digamos.
Ellos podrían hacer un mundo mejor, aunque más no fuera mejor para ellos.
-Aceptamos, dijeron.
-Eso, se alegró Ale.
Fueron a la casa de Ale, ya tenía todo preparado, los libros, los diccionarios hasta sanguchitos calentitos, sólo falto ponerse ver un capítulo del Zorro. Entre paréntesis dicen que al actor lo mató Yog Sothot por no queres unirse a su ejército.
Prepararon todo, se dijeron los hechizos el libro, se quemaron las hierbas adecuadas.
Y el mundo cambió, delante de ellos.
Habían llegado a otra dimensión.
Una dimensión gris y oscura. Sólo se veían rocas oscuras y un polvo fino que cubría todo. Un olor indescriptible los alcanzó, poniéndolos al borde del vomito pero ellos estaban acostumbrados a l menú del bar y pudieron resistir.
Toto y Tadeo buscaron desesperados la biblioteca, pero no se veía nada.
Sólo rocas hasta que encontraron unas que parecían un altar.
-¿Y esto? Dicen a dúo
En ese momento salieron de entre las piedras unos seres monstruosos con seis brazos.
Enseguida los dominaron, a pesar de que Toto pelea sucio y Tadeo les escupía en un ojo al grito de Juera Bicho.
Los maniataron y los colocaron sobre el altar.
Ahí notaron que Ale estaba suelto y que los monstruos parecían obedecerle.
Les habló en un idioma gutural, los monstruos, sumisos, trajeron teas que ardieron con un humo oscuro, tétrico.
-Pero, dice Toto, ¿Y la biblioteca y los libros... y Candela?
-No, lo siento, dice Ale meneando la cabeza. Los necesitaba sí, pero para hacer un sacrificio humano para el padre Cthulu. Necesitaba que llegaran por su propia voluntad.
Tantas veces me interrumpieron cuando estaba a punto de conseguir mis planes que ya me tenían podrido.
Pero gracias a ustedes podré abrirle las puertas de la Tierra a Cthulu.
Y con mis nuevos amigos o esclavos como quieran llamarlos, dominaré la Tierra como el dios Cthulu quiere.
De nuevo se dijeron los hechizos, se quemaron las hierbas. Los monstruos empezaron a desgarrar las entrañas de Toto y Tadeo entre gritos lamentos y maldiciones.
El aire tembló, se sintió un olor profundo, marino tipo el Sarmiento a las seis de la tarde.
Ale sonreía, los monstruos bailaban, anticipando el triunfo de Cthulu, su vuelta tan deseada.
Pero una ráfaga de viento disipó todo, el humo y el olor.
El portal no se abría.
Cthulu estaba ocupado en otra cosa o el sacrifico no había alcanzado. Tal vez, pensó Ale, Cthulu ni siquiera existe...
Ale gritaba, la sangre de Toto y Tadeo empapaba el suelo y las piernas de los monstruos.
Empezaron a protestar, en su idioma gutural.
Comenzaron a rodear a Ale, entre gritos, acusándolo de hacer las cosas mal.
Ellos mismos harían el sacrificio con su cuerpo.
Ale, desesperado, les arrojó el libro en la cara del mas belicoso y empezó a correr perseguido por os otros monstruos, más horribles ahora que estaban enojados.
Por suerte, alcanzó el portal que lo llevó a la seguridad de su casa.
Había fallado, se dijo mientras se tiraba en el sillón.
Y se sintió solo, y no tenía amigos con quien charlar.
-En fin, ¿Existirá un Tinder de la amistad? Se dijo.
Brillante
Siempre fuiste una mina brillante, la mejor alumna la atleta más talentosa
Siempre tan brillante.
Pero ahora tu sangre ya no brilla en el suelo...
Historia de la bruja.
Faltaba contar la historia de la Bruja negra del Cascallares.
Se cuenta que una bióloga llamada Laura estaba haciendo unos trabajos en la Antártida, como parte de sus estudios.
Aquel día, se adelantó a su grupo, buscando una cueva que le parecía haber visto a lo lejos.
El tiempo, tan inestable siempre, empeoró de golpe y se desató una feroz nevada.
Laura estaba perdida, ya no se veía nada a su alrededor.
Quiso llegar a la cueva pero en su carrera tropezó y terminó cayendo en un pozo.
Las cosas que contó cuando la rescataron, fueron terribles. Habló de la existencia de seres de otro mundo, tan espantosos eran. Monstruos espantosos y horrísonos.
La habían sometido a torturas sin fin, en un altar levantado a un dios demoníaco. Una inmensa estatua de un color grisáceo hecho en un material que parecía haberse podrido hace mucho tiempo. Pero donde refulgían sus ojos, transformados en un extraño talismán.
Por suerte, en un descuido de los monstruos, Laura pudo desatarse y tomar el talismán que tenía la estatua por ojos.
Gracias a eso, los monstruos se apaciguaron y dejaron de correrla, cayendo en un oscuro trance.
Ella consiguió salir y correr y correr, hasta que los compañeros la encontraron exhausta.
Desde ese día nada fue igual.
Empezaron a mirarla con malos ojos y pedirle que se callara, que no contara más esas cosas de la cueva, que estaba loca, que solo fue un rato lo que estuvo perdida.
Hasta consiguieron que la despidieran.
Volvió al continente, pero ella ya no era ella, había cambiado, había una sombra en sus ojos, había visto demasiadas cosas.
Y no quería callarse.
Desesperada, largó todo y se fue a vivir a un lugar remoto y distante, llamado Cascallares.
Allí, buscando la paz en esos parajes bucólicos, fundó una iglesia para predicar sus nuevas ideas.
Los vecinos la toleraron, pensaron que era otra iglesia evangélica, de las tantas que aparecen todos los días.
Pero era la iglesia de la orden esotérica de Dagón, un culto antiguo y pagano.
Y los años pasaron y cada tanto desaparecía alguna chica de la zona. Nadie se preocupaba demasiado, lo tomaban como una cosa común.
Unos vecinos, hartos de esto, la empezaron a atacar, culpándola de las desapariciones, diciendo que ella las había matado. Otros, más realistas decían que seguramente la bruja o curandera les había practicado algún aborto y les dio la posibilidad de salir de aquel agujero atrasado, machista y patriarcal.
Tanto se habló del asunto que hasta un comisario de la zona tomó cartas en el asunto.
Hizo un procedimiento en la iglesia maldita.
Lo que encontraron en ella los dejó paralizados. Había un sótano con calabozos y cadenas. Sobresalían del piso, restos humanos carcomidos, con marcas de dientes humanos.
Cuando detuvieron a Laura, vieron que en su documento decía que tenía 80 años pero el comisario al verla no le daba más de 20, por su rostro diáfano y sin arrugas.
¿Sería que la sangre de tantas víctimas, la mantenía joven? ¿Qué pacto habría firmado?
Al enterarse de tantas cosas los vecinos, enfurecidos, se reunieron frente a la comisaria donde la tenían detenida.
Todos gritaban
Y alguien propuso...
-A la hoguera.
Entre todos asaltaron la comisaría, hasta llegar a la bruja. La sacaron a la rastra, hasta llevarla a un descampado.
Allí amontonaron troncos y maderas.
La ataron a un palo que clavaron en la tierra.
Laura los maldecía a los gritos.
Los rostros de los vecinos reflejaban el odio y el horror que sentían por la conducta de Laura.
Quisieron prender la leña.
Nada, no encendía por más que le acercaran fósforos o pusieran teas encendidas.
El comisario, ya repuesto de los golpes que recibió cuando los vecinos entraron en la comisaria, se adelantó.
Se produjo un silencio.
Corrió hasta Laura y le quitó el talismán que todavía tenía en el cuello desde aquella aventura en la Antártida.
Aquel que ella le había robado a la estatua del rey demonio.
Y ahora sí pudieron prender la leña.
Laura, en un rapto de humanidad, estalló en llanto.
Y se dice que las lágrimas al caer en el piso, produjeron un estruendo que se oyó a 20 km de distancia.
Tanta cháchara
Y me tenes cansado quejando te de tu familia, y me decís que mi suegra esto, que mi suegro lo otro y que mi cuñada aquello.
Y estalle...
Se me escapó decir
Tener que aguantar tanto, ¿Y para esto yo asesiné a mi familia anterior?...
Nada difícil
Al final, no fue tan difícil matar.
Tan solo apretar un poco de más...
Siempre la amé, toda la vida, siempre nos quisimos, toda nuestra vida.
Juntos, separados, juntos otra vez.
Nos conocimos de niños y pareció que nunca me amarías, que siempre había, tenías, alguien más para enamorarte.
Y yo esperando...
La primera vez entre los dos fue mucho mejor que cualquiera de mis sueños.
Y eso que había tenido muchos.
No puedo escribir, siento que mis manos van perdiendo el calor de tu cuerpo.
Y no puedo soportarlo.
Fueron muchos días de amor.
Pero se cortaban porque ella buscaba nuevas aventuras.
Yo me quedaba solo...
Caminando, obsesivo por los senderos del Parque Lezama.
Día y noche.
Con frío o con calor.
Y hasta acompañado de nuevas novias, a pesar de que no podía resignarme.
Hasta que ella volvía.
Ella, a la que no le gustaba caminar...
Y no me importaba.
Una ráfaga de viento se lleva su perfume.
Y es tal vez la última vez que lo huela...
Sé que nadie la buscará, tal vez esa chica anónima de la que decía que se había enamorado, pregunte por ella. Pero sólo tal vez.
Y salgo a la calle y veo la gente, los coches, nada ha cambiado. El mundo ni se ha enterado.
Pero yo estoy mucho más solo...
Para olvidarla...
-Sapo.
Grito Tadeo.
Y el auto hizo una mala maniobra, tal vez piso algo pero de repente, tras el derrape dio tres vueltas en el aire, paso por arriba de un camión que venía de la mano contraria, cayó y frenó, no sé cómo a cinco centímetros de un árbol centenario, al tiempo que se escuchaba el estallido de vidrios rotos.
Alejandro, que iba en el asiento trasero, fue el primero en reaccionar, bajando del auto. Junto al camionero quisieron sacara Tadeo que manejaba y estaba en un charco de sangre. Toto que iba de copiloto ya estaba reaccionando y empezó a llamar a una ambulancia. Le pidió por favor que se apuraran.
Estaban en mitad del campo, no sabían mucho donde, iban a visitar unas amigas en la universidad de Miskatonic y habían alquilado un coche para ir conociendo desde el aeropuerto de Nueva York.
A lo lejos se veían las luces, ahí estaba la ciudad, dijo el camionero, no es lejos.
Por suerte había frenado al ver que un auto lo pasaba por encima, sino ellos no habrían sabido que hacer.
Recién amanecía, se empezaban a ver las plantaciones de maíz, Ale se estremeció al recordar ciertas películas, ciertos textos antiguos que debieran estar olvidados. Las espigas eran mecidas por el viento.
¿Viento? ¿Seguro que era el viento?...
Solo se escuchaba el croar de las ranas y los chillidos de las chotacabras.
Toto los apremió y juntos pudieron sacar a Tadeo del auto, tenía miedo que se fuera a prender fuego.
Por fin, llegó la ambulancia y los llevaron al hospital.
Allí constataron que ale tenía algunos golpes y cortaduras, Toto algunos golpes más, producto del air bag.
Pero Tadeo estaba mal, había llevado la peor parte de los golpes y lo habían cortado tantos vidrios...
Y no despertaba.
Quedó internado con pronóstico reservado.
A Ale y al Toto se les fue el alma al piso al escuchar el diagnostico. Se quedaron en la sala de espera sin saber qué hacer.
Toto empezó a caminar de un lado para el otro, nervioso.
-Vení, dice por fin, tiene que haber una capilla. Quiero encender una vela para que Tadeo ase ponga bien.
-A buena hora te preocupas. ¿Cómo se te ocurrió enseñarle a manejar en plena ruta?
-Y bueno, como íbamos a Arkham a ver a esas chicas amigas tuyas... pensé que manejando tendría más oportunidades con alguna de ellas. Pensá que vinimos acá para que se olvide de esa chica que le hizo tanto mal.
-Sí, contesta Ale, ya lo sé.
-Además, después de todo el que más sufrió fue él. El auto no tiene ni un rasguño, menos mal porque era un auto alquilado y nos iba a salir una fortuna sino. Y nos cortamos porque vos, dice señalando con el dedo índice en alto, insististe en traer ese cuadro enmarcado de Elvira, la presentadora de tele. Esa pedorra...
-Andá, que sabrás de moda y cultura vos. No le podíamos caer con las manos vacías.
-Le hubieras llevado bombones, dulce de leche o botellas del agua del Cascallares.
-Callate queres, que ahí está la capilla y no vamos a entrar gritando.
Era pequeñita, de inspiración gótica, con altas torres de piedra llenas de gárgolas una más horrible que la otra.
-Ves, a Tadeo le hubiera gustado.
-También le gustan los cementerios y no quiero llevarlo ahora...
Entraron en silencio.
Mirando todo. Se sorprendieron que no había un Cristo en el altar mayor. Extrañados, buscaron el lucerio.
Las acostumbradas imágenes de santos habían sido reemplazadas por horribles monstruos, parecían salidos de una mente enferma. A Ale le recordaron los trabajos de Pickman sobre la Albinatti y que alguna vez había estudiado.
Se escuchaba una letanía, un canto constante. Les recordó a ciudades olvidadas, mohosas, devoradas por el mar.
Algo muy triste impregnaba el aire...
De repente se dieron cuenta que estaban interrumpiendo algún tipo de ceremonia. Uno de los asistentes, tal vez el más fornido, con un cuello ancho como un toro, lleno de cicatrices y con cara de pocos amigos, se les empezó a acercar.
Al verlo, Ale empezó a tirar del Toto.
-Esperá, se quejó, que tengo que encender una vela para Tadeo.
-No, no, dale que ya está bien, ya cumplimos le dijo, señalando a la gente que se acercaba y empezaba a rodearlos.
Por fin pudieron salir. Ilesos por suerte.
-Uf, no aguantaba el olor a pescado que había. Se nota que es un pueblo de pescadores, todas esas imágenes parecían salidas del fondo del mar.
-Ah, dice Toto que todavía está conmocionado, ese olor... y me pareció que se hacía más fuerte cuando se acercaban...
-Mirá, dice Ale señalando un cartel que no habían visto antes, no era una iglesia católica, pone
Orden Esotérica de Dagón.
-¿Y decís que es de esas que hacen sacrificios humanos?
-No sé si tanto pero por las dudas rajemos.
Y se dirigieron al bar, que parecía más normal y tenían hambre tanta que no se les ocurrió que hubiera carne humana para comer...
-Ah, Mirá, dice que esta es el sanatorio de la ciudad de Inssmounth, ahí estamos, fue fundado por Obed Marsh. Y abajo tiene un cartel que afirma Gobierno Marsh.
-Ese era un pistolero, dice un viejito que estaba allí sentado, mejor dicho un pirata.
-¿Pirata? Dice Toto, eso me interesa
-Con gusto y fina voluntad les cuento la historia, si es tan amable de invitarme una cerveza acá me conocen y no me venden porque dicen que me hace mal.
Toto trae unas cervezas para ellos y un vino para Ale.
-Cuentan, empezó el viejo, que Obed era un pescador irlandés que fundó este pueblo, luego de años de comerciar con los pueblos del mar, allá por la Polinesia.
Decía que era para importar mercaderías pero más parecía un refugio para seres deformes y decadentes, fruto de años de mestizaje con razas marinas y corruptas, no del todo humanas. Hablan de seres que Vivian en el fondo del mar y que mezclaron sus genes con los primitivos habitantes de la ciudad, muchos de ellos habían venido engañados por altos sueldos y grandes comodidades.
-¿Y qué es eso de gobierno Marsh, sigue vivo?
- Obed vivió muchos años, más de lo normal y hasta se cree que todavía sigue vivo allá en las profundidades junto a los acólitos del rey del mar.
Se casó con una princesa de ese pueblo. Una mujer que ya era horrible en ese tiempo y que luego se puso mucho peor.
Es como que de jóvenes tienen una pinta más o menos normal pero con los años los genes marinos van triunfando y dicen, ojo dicen, que cuando ya no parecen humanos vuelven a vivir en el mar, ya con branquias y el cuerpo adaptado a las profundidades.
Sí, miren el retrato de Obed, les señala, ahí ya se le empiezan a notar los ojos saltones, el cuello engrosado por las branquias y la palidez de un pescado crudo. Ojo, que hay peores, que parecen sapos monstruosos.
-¿Sapos? Tadeo grito algo de un sapo antes del accidente. Dijo Toto en voz baja.
-Y Obed tuvo dos hijas ms o menos normales con la legítima, aunque también se habla de otros varios demasiado horribles como para vivir en la superficie. Una de ellas es la alcaldesa del pueblo.
Gobiernan para los suyos, hay un sistema de castas. Atienden a mi mujer porque mi hija se casó con uno de ellos, que por suerte murió joven, si no... Como no somos de la estirpe, no nos atenderían y mire que yo trabajé 30 años en el ferrocarril. No saben lo que putié cuando me trasladaron a este pueblo olvidado de Dios.
Pero el sueldo era muy bueno y me consiguieron una casa, después tuve a mi hija. Lo peor fue que se casara con uno de ellos pero así subimos en la consideración de la gente y tenemos acceso a muchas cosas que si no nos estarían vedadas.
-Ahora, al pueblo se lo ve medio caído...
-Y... ya no es fácil comerciar con pueblos que se supone que no existen...
En ese momento llega una enfermera.
-Su amigo está bien pero sedado. Todavía seguía desmayado por el golpe pero la tomografía no muestra daños permanentes. Lo van a dejar internado hasta que reaccione del todo. Va a tardar unos días porque por algún motivo se le ha desarrollado una infección grande en las heridas producidas por los vidrios rotos.
Ahí Toto fulminó con la mirada a Ale.
-Vayan a descansar, hay un hotel aquí cerda.
Ale y Toto se despiden y salen a la calle en busca del hotel.
Se dan cuenta que están agotados por la espera, el accidente, la espera y el miedo por la salud de Tadeo.
En la calle, ya medio en tinieblas porque la noche caía rápido, los esperaba un patrullero.
Bajó de él un policía, vestido con traje de fajina, bajo, morocho, con el acostumbrado pañuelo al cuello para ocultar el engrosamiento que tenía.
Les habló de mala manera.
-Trajimos el coche al hotel, estaba en buenas condiciones. Esta noche tienen el hotel pago por la alcaldesa pero a partir de mañana se les aconseja seguir viaje, aquí no queremos extranjeros y su amigo va a tardar unos días en estar bien y no lo van a poder ver. En el sanatorio dicen que ya los van a llamar...
Los subió al patrullero y los llevó al hotel.
-El auto está en el estacionamiento de atrás.
Al bajar, ale notó que había gente reunida cerca y con mala cara, como los que los rodearon en la iglesia.
Tuvo miedo. Esa noche podía pasar cualquier cosa.
-Seguime, le dice a Toto, creo que esto es una trampa.
Siguen de largo del Lobby y se dirigen corriendo al estacionamiento, suben al coche y salen arando.
-No me gustaba pasar la noche rodeado de gente así, explica. Mejor nos vamos a Arkham de una vez que las chicas nos estarán esperando.
-Che, hablando de eso, dice Toto, nosotros vinimos en este viaje para que Tadeo, que estaba muy triste, olvide a esa chica. Pero viste, ella se llamaba Marsha y justo caímos en el pueblo de los Marsh...
¿No será mucha casualidad? Además era pelirroja y los de acá son irlandeses...
Tadeo iba despertando, no sabía dónde estaba, empezó a mirar por todos lados, recordó el accidente, el haber visto algo raro y que el coche se le descontrolara... ¿Que había visto?
Se dio cuenta que estaba en un hospital.
¿Y los chicos? ¿Dónde están? Se preguntó.
Probó a levantarse y luego de varios intentos fallidos, lo consiguió por fin. No se veía a nadie, no sabía que por alguna razón estaba en un ala aislada del hospital.
Buscó alguna enfermera sin éxito. Pensó que sería tarde y ya se habrían ido todos a dormir, decidió ir a buscarlas a la sala de enfermeras.
Empezó a recorrer los pasillos solitarios, de vez en cuando alguna luz parpadeaba y su alma se llenaba de miedo y congoja. Había visto demasiadas películas de terror.
¿Y sus amigos, debería buscarlos en la morgue...?
Vio luz en una sala y entró buscando respuestas pero allí tampoco encontró a nadie.
Miró alrededor
Y casi se desmaya del susto.
Rn las estanterías había unos seres monstruosos, en frascos de vidrio, supuso que en formol. Tipo los cadáveres que se estudian en la facultad.
Junto a algunos claramente humanos había otros con forma de pescados, sapos tal vez, no sabía, pero sí que parecían monstruos salidos del mar como aquel monstruo de la laguna negra...
Trató de recordar algún dialogo de la película pero no pudo, esas cosas solo las hacía Alejandro.
Había también cráneos adultos claramente marinos, tipo tritones, con branquias y como aletas en la cabeza.
Iba recorriendo las estanterías y cada vez eran más monstruosos.
Su terror iba en aumento.
En eso, se escuchan voces. Sin saber por qué, Tadeo se escondió. Entraron dos enfermeros, venían charlando despreocupadamente.
-¿Che y entonces es el hijo del viejo Marsh?
-Eso dice el ADN.
-Pero no tiene ninguna de las características.
-Es que de joven, Obed era bastante pintón y recorría los siete mares. Lo raro es que aquí solo tuvo hijas mujeres. Igual, descuídate, le están dando la formula sanguínea de los hombres del mar. Ahí se verá si es el heredero del que hablan las leyendas.
-Qué bueno sería que otra vez haya prosperidad en este pueblo.
-Y si es como dicen, dominaremos toda la Tierra. Volverá el reinado de los hombres del mar. Ya no habrá que esconderse. Todos podrán caminar por las calles y yo volveré a ver a mi vieja, que la extraño tanto. Hace mucho que se tuvo que volver al mar...
Decían mientras salían de la sala, llevando la camilla que habían ido a buscar.
Tadeo se desmaya al pensar que su madre hubiera estado con alguno de aquellos seres.
Ale y Toto estaban en la biblioteca de la universidad de Miskatonic, los había llevado las chicas, Peggy, Mary y Sue, para buscar información sobre Inssmounth. Pero solo encontraban generalidades, lo mismo que3 les había contado el viejo en el bar. Toto empezó a vagar con Mary, le había empezado a gustar y trató de llevarla a los rincones más alejados para decírselo.
Bah, para besarla y así...
Con más ganas de así que otra cosa.
Llegaron al final de las estanterías y empezó a besarla. En eso, tal vez al empujar la estantería, cayó un libro al suelo, con gran estruendo.
Era un libro muy viejo, encuadernado en cuero, con unos relieves monstruosos.
Toto miró el libro, miró a Mary, miró otra vez al libro, decía Necronomicon de Abdul Alhazred.
Y suspirando supo que ese era el libro que necesitaban, corrió con él adonde esteban Ale y las chicas.
De repente empezó a notar que gusanos caminaban por su mano, crecían a cada momento y reptaban por su piel dejando un rastro a baba plateada y putrefacta.
Empezó a golpearlos con el libro.
Mary no entendía nada, ella no los veía...
Toto luchaba, ya eran miles y su peso le impedía caminar, pronto moriría aplastado por ellos.
Mary, entonces, le golpeó la mano, haciendo caer el libro. Y los gusanos desparecieron.
¿Habían estado ahí, realmente?
¿O era que el Necronomicón no quería salir de donde estaba? ¿No quería ayudarlos?
Cambió de idea y llamaron a Ale. Cuando llegaron les explicó todo y empezaron a buscar allí mismo, en el libro, dando vueltas las páginas con un pañuelo.
Allí, el viejo Abdul Alhazred, el árabe loco qu3e en su delirio místico hablaba con demonios, había escrito sobre los pueblos del mar.
Seres que ya eran crueles y degenerados cuando los hombres apenas empezaban a caminar erguidos en dos patas. Así conocieron las miles de inequidades producidas por ellos, crímenes y torturas que habían cometido con los pueblos conquistados y esclavizados.
Y una leyenda...
Que un hijo perdido volvería a ellos y conquistaría a todos los pueblos para los seres del mar, sojuzgando a los humanos, una vez más.
Ale y Toto se miraron.
¿Sería Tadeo? ¿Por eso lo atendieron en el sanatorio y a ellos no?
Tenían que rescatarlo, salvar al mundo.
Iban por la ruta rezando por su amigo. Y Toto iba rezando porque Ale manejaba demasiado rápido.
Entraron a los gritos al sanatorio. Toto golpeó a un enfermero que quiso detenerlos. Sin saber cómo terminaron llegando a la habitación de Tadeo, que estaba dormido, sedado después de su excursión nocturna.
-Y éste durmiendo plácidamente, como siempre. ¿Y si salvamos al mundo matándolo...?
Lo zamarrearon para despertarlo y sacarlo de la cama.
Empezaron a correr buscando la salida. Tadeo todavía con ese batín ridículo, que al correr le iba dejando el culo al aire.
Tal vez descuidadamente, tal vez a propósito, tiraron el alcohol en gel que había en las habitaciones.
También desaprensivamente dejaron caer fósforos encendidos sobre el alcohol.
Todo se llenó de humo.
Los enfermeros se olvidaron de ellos y corrieron a apagar el fuego que se iba extendiendo.
Al fin, ellos se subieron al auto y escaparon de ahí.
Ya en Buenos Aires se despidieron.
En un rapto de sentimentalismo, Tadeo los abrazo.
Ale y Toto se conmovieron.
Pero no sabían que Tadeo lo hacía porque si les daba la mano, se darían cuenta que ahora tenía una membrana entre los dedos...
Pececitos
Camino por la orilla del río, un viento tranquilo mece tus cabellos.
Sos la primera que los ve.
Peces muertos que flotan en el agua oscura.
Ya me pasó otras veces.
Es más hasta me prohibieron la entrada al parque japonés.
Y me pasó con tu canario en su jaula.
¿Tendrá algo que ver, aquel pacto que firme con Cthulu?
Por ese
Y todo lo hago por sentir ese latido tuyo.
Todo.
Por sentir, ese último latido...
Preguntas, Preguntas
A las tres de la mañana siempre me asaltan las grandes preguntas.
Y siempre termino preguntando si fue verdad que nos enamoramos.
Sentimientos
Amor
Fricción
Tacto
Piel
Cuchillo...
Seré
Y seré como el agua que se adhiere a tu cuerpo
Y ya cayendo,
Se suicida en tus pechos.
Si...
Si te visto no me acuerdo.
Pero si te desvistiera me acordaría toda la vida.
Tantos porque
Porque no iba a opinar
La tierra,
Si ella nos dará
Nuestra última morada.
Porque no opinaría el bosque,
Que con su madera,
Nos dará el último abrigo.
Y nos ha dejado correr
Libremente
Mientras nos cuenta los percances de las hojas.
Y grito, grito
Pero no seré yo
Quien tenga la última palabra...
Verano
Tantas sábanas arrugadas en noches de estío.
A ni novia le gustan mucho los gatos
-Este gato cada día hace más ruido... Y vos no te haces cargo, cada vez estas menos en casa. Y yo no me puedo concentrar: tengo que entregar el libro sobre los hititas antes de fin de mes...
Si, otra vez discuto con mi novia y es que me encajó a sus gatos (-Si querés que viva con vos hacete cargo de que tengo gatos...Y al final de cuentas no sé si quiero que viva conmigo...)
Y ya ni sé cuántos gatos hay.
Es que se la pasan entrando y saliendo de la casa. Yo sólo conozco a Mimí que es la que me da pelota y me pide mimos a cada rato.
Y ahora éste (¿es un gato o una gata? es tan negro que no se sabe nada), que ronronea de una manera extraña y parece que con su ruido atrajera a los otros gatos del barrio.
-Cada vez hay más y vos ni pelota.
Extrañamente, ella ni me discute... lo que es muy raro, conociendo su carácter podrido... esta como ida...
Y ese olor que tiene encima, a tierra o así. Lo que me faltaba, que me pusiera los cuernos con un albañil y que ande revolcándose por las obras en construcción...Esas uñas negras.
Lo dicho, no da bola y se va
Ah, esto no va a quedar así, yo la sigo y lo cago a trompadas a ese hijo de puta.
Camina y camina, da vueltas sin sentido, siempre por los alrededores de Juan B. Justo, hasta que entra en un baldío, veo que levanta un par de chapas...
¡Y baja por ahí!
Me acerco, sigilosamente, dándome cuenta que cuando destapó el túnel los pájaros se callaron, no hay un solo ruido...
No, miento, cuando me acerco siento que hay un ronroneo que sale de la tierra...
Al llegar a la entrada, un olor espantoso me recibe.
Penetro y penetro en un mundo de locura sin final. Nada me había preparado para esto, todas mis creencias tuvieron un final.
Los túneles eran inmensos, los recorro casi en trance, no quiero que se me escape.
Llegamos a uno más ancho, como un inmenso anfiteatro subterráneo. Y los gatos están ahí, la reciben como a su reina...
Los comanda el gato negro, tan grande y gordo como siempre pero ahora hasta parece más malévolo.
La llevan hasta el centro, ahí hay una estatua... es una mujer con cara de gato, garras en los pies, un cuchillo en su mano y todo recubierto de una pátina oscura como de siglos y siglos...
¡Idris! Reconozco a la diosa hitita de los gatos, la antecesora de Isis. ¡Y mi novia está hablando en hitita!
¿Habrá aprendido de mis libros? ¿Por eso me eligió?
Esta recitando un ritual oscuro. El miedo recorre mi piel, son recuerdos de seres perdidos en la noche de los tiempos... miedos de los abuelos de mis abuelos de mis abuelos...
Los gatos parecen responderle con sus maullidos.
De repente reconozco el ritual. La leyenda dice que Idris, entrará en el cuerpo de su sacerdotisa y desde allí dominará el mundo, trayendo una era de salvajismo y crueldad...
Me traiciono y grito de terror.
Ella me ve, ni sé si me reconoce pero le grita en hitita, a los gatos, para que me ataquen
No puedo huir, los gatos se acercan a mí, encabezados por el negro... y si me tenía ganas desde hace rato...
Sus gruñidos me aterran...
¡No me gustan los gatos!
Pero de repente, uno viene corriendo
¡Y les hace frente!
Grita más fuerte que ellos...
¡Es Mimí que sale a defenderme!
Los otros gatos vacilan, sorprendidos.
Aprovecho y corro hacia mi novia... y hacia la estatua
-Atrápenlo
Pero por una vez soy más rápido. Salto y tomo el puñal de piedra...
-Y llego a clavárselo a mi novia, señor juez, y así impedir que la diosa se reencarne...
La estatua se derrumbó y todo se inundó con las aguas del arroyo Maldonado...
Y, señor Juez, si el cadáver de ella apareció en el Río de La Plata tiene que estar por ahí, junto a ella, la estatua de Idris...
¡Hay que destruirla para que no se encarne en otra!!!!!
Aquí vivió Aleister Crowley
Día como todos, gris como todos, Juan se dirigía, como todos los mediodía a su trabajo.
¡BROUMMM!
Un trueno, el viento empieza a soplar más fuerte. Se viene la tormenta.
Juan, que por supuesto no tiene paraguas, empieza a correr.
Pero...
Justo en ese momento, Liliana, abre su paraguas sin mirar, golpeando a Juan que tropieza y se cae en la vereda. Patoso y mojado se levanta, mientras empieza un insulto que termina en un
-Por los cuernos de un toro rojo, al ver que era una chica. Y al ver sus ojos verdes y sus largos cabellos negros se queda mudo totalmente.
Ella se deshace en disculpas, que esta distraída porque tiene en la cabeza la pelea reciente con su novio, que está deprimida, que por eso su amiga, que es su profesora de dibujo, la había obligado a venir al museo.
-Ah, claro, esto es un museo... dijo Juan cuando ella paró a respirar.
Nunca había entrado, siempre lo veía extrañado porque era una casa muy extraña de raras formas y extravagantes estatuas en sus paredes. Tenía un cartel que avisaba “Aquí vivió Aleister Crowley”.
Juan no lo conocía, pero sospechaba que tenía algo que ver con el terror, porque hoy era Halloween y estaba lleno de gente y muchos en la cola, para entrar, estaban disfrazados.
-¿Y por qué este museo?
-Tiene unas pinturas, dice mi amiga, que tienen mucho que ver con mi estado de ánimo...
-Ah, por la pelea con tu novio y entonces, como para compensarme de la caída, Mirá como estoy todo mojado y lleno de barro, ¿qué te parece si me acompañas esta noche a una fiesta de Halloween? Y a que estas de un humor sombrío es la mejor solución...
-NO, no se... dice ella dudando.
-¿Y ver los cuadros? ¿Me haces de guía?
-NO, eso sí que no, mi amiga es muy estricta, ni siquiera querría que te hablara.
-Entonces, la fiesta, le dijo Juan, sonriendo... Sabiendo que su sonrisa era su mejor arma.
-Bueno (resopla) llámame esta noche y vemos. Le da un papelito con el TEL.
-Vemos no, vamos... le dice Juan mientras ella corre junto a su amiga.
Al quedarse solo, Juan, dudó, ya estaba llegando tarde al trabajo, pero ella era tan bella que quería verla un rato más, aunque fuera de lejos. Así que entró en el museo.
Estaba repleto de gente por lo que quedó muy atrás. El guía del museo, un muchacho joven y flaquito, con una cara llena de granos, está explicando que esta era la casa y el taller donde trabajaba Yánez de los Ríos, famoso pintor de principios del siglo XX.
Además de haber pintado retratos de lo más granado del Buenos Aires de la época, era famoso por sus estudios esotéricos y espiritistas. Alrededor de 1920, estuvo viviendo aquí con él, el ocultista inglés Aleister Crowley, fundador de la secta Golden Dawn, ese que inspiró “Escalera al cielo” el tema del grupo Led Zeppelin...
Esto fue un secándolo para la sociedad pacata de la época. Se decía que adoraban al diablo y que practicaban el amor libre, lo que era peor que ser satanista para las damas de sociedad.
La gente se rio...
Y este edificio, que Uds. vieron desde afuera, fue construido por otro alquimista uruguayo, el arquitecto Humberto Pittamiglio. La construyó para que tuviera la forma de un barco, porque decía que navegábamos hacia ese mar infinito que es la muerte... Y los ángeles y gárgolas que decoran los jardines y terrazas representan las luchas del hombre contra la maldad (o a favor de la maldad.
Por dentro tiene formas medievales, llenas de laberintos y recovecos.
Vamos ahora, a descender al sótano.
Juan alcanzó a Liliana y le guiño un ojo, ella caminó más rápido, poniéndose colorada.
-Cuenten los escalones, decía el guía, son los mismos que los que Dante tiene que descender para bajar al infierno, según la Divina Comedia. Ven aquí hay frases de la misma talladas en las paredes.
Al llegar al sótano, vieron que era enorme. Las paredes estaban cubiertas por espesos cortinados rojos. No había luz eléctrica y la iluminación provenía de esas antorchas modernas, llenas de aceite, que ardía con llamas desiguales.
-Aquí abajo, solemos quemar incienso y otras hierbas aromáticas, Yánez decía que así se alcanzaban estados superiores de conciencia, que eran necesarios para ver sus cuadros.
En ese momento, con una palmada del guía, cayeron los cortinados
Además de un cuadro que representaba a Aleister Crowley y que parecía presidir la sala, era un ser brutal y lujurioso, perfectamente captado por el pintor, con sus brazos cruzados, musculosos, su cara angulosa y esa boca lujuriosa y sádica, había una serie de cuadros uno más impresionable que el otro.
Todos enormes, todos de muertes y sacrificios. Vírgenes sacrificadas
Allí estaba Cthulu con su ciudad de ángulos imposibles, acercándose a una rubia que grita horrorizada con el Necronomicón a sus pies, en otro sector estaban Moloch, Baal, Astarthe
Brujas en la hoguera, mujeres en el potro de tortura... Una morocha de ojos verdes siendo sacrificada por un sacerdote azteca.
Un sombrío monasterio medieval, con sus torres como agujas, donde una fila de sacerdotes templarios rendía culto a Baphomet, su demonio dios todopoderoso y devoraban viva a una mujer. El rojo de las cruces en sus pechos era de un color tan brillante, la sangre era tan brillante... parecía todo tan real, todo como si acabara de ser pintado...
-Los cuadros fueron pintados por Yánez en 1922, junto con Aleister Crowley, que, se dice, le preparaba los pigmentos con una antigua receta medieval que había encontrado en extraños pergaminos que había encontrado en un olvidado monasterio italiano. Aleister Crowley muere en 1947 y un poco después desaparece Yánez, en medio de fuertes rumores.
A Juan, que no estaba preparado para tanto humo y tanto dolor, empezó a descomponerlo.
Le hizo gestos a Liliana y se preparó para salir a la calle. Pero al darse vuelta, le pareció ver alguien que espiaba detrás de un cortinado, y que miraba a Liliana. Una mirada cargada de lujuria... Pensativo, salió a la tarde... En el trabajo, toda la tarde sonreía y nadie entendía nada.
A la noche llamó a Liliana. Impaciente por verla de nuevo, pensando en sus ojos verdes.
Lo atendió el padre y le dijo que no había vuelto. Probá a llamarla a lo del novio, le dijo el padre, intencionadamente. Juan le confesó que la había visto en el museo con la profesora y que le dijo que se habían peleado, por eso la había invitado a una fiesta de Halloween que hacían unos amigos de la facultad.
El padre que no sabía nada, se quedó extrañado...
Juan no se preocupó, supuso que Liliana se olvidó de la promesa de ir juntos a la fiesta de H. Él se había quedado impresionado con ella, pero no podía jurar que a ella le pasara lo mismo.
Al rato, recibió la llamada del padre de L, que estaba muy preocupado. Había llamado al novio y efectivamente se habían peleado y sabía que Liliana iría al museo con la profesora. También llamó a la casa de ella pero tampoco había vuelto y el marido estaba asustado, ella no era de hacer eso, hacía horas que debería haber vuelto a su casa.
Juan quedó muy preocupado. ¿Que podría hacer él? Medio que el padre se lo recriminaba Decidió volver a donde las había visto, al museo. Iban a hacer un trabajo sobre los cuadros tal vez se quedaron charlando y se les pasó la hora...
Pero el museo estaba cerrado y a oscuras. Juan estuvo mirando por los ventanales pero no se veía a nadie.
Ya se iba pero le pareció ver un reflejo, como si una gota de sangre se resbalara por la cara de una de las gárgolas. Sí, se veía luz que venía del sótano donde estaban los cuadros.
Tal vez no era nada, pero Juan estaba muy preocupado. Sabía que podía ser que Liliana se hubiera enganchado con el guía y estuviera en situación comprometida (¿Con un tipo con tanta cara de idiota?). Sabía que no era la primera vez que invitaba a una chica para ver como se le iba con otro...
Desesperado, sin pensar en las consecuencias, tomó una piedra, rompió un vidrio y abrió la ventana, pensando que iba a sonar la alarma. Ya se arreglaría con la policía si no era nada, pero también podría ser que llegado el caso la necesitara, las páginas de los diarios estaban llenas de violadores y asesinos y el guía tenía cara de facineroso. Pero no sonó ninguna alarma, extrañado pensó que tanta gárgola asustaría a los ladrones y protegería el museo. Entró lentamente y se dirigió al sótano.
Bajó por las escaleras tratando de no hacer ruido. Igual pensaba que los latidos de su corazón se escucharían a varias cuadas de distancia. Apagado, se escuchaba un cántico, una letanía, constante y blasfema.
Juan va a entrar en el sótano, pero alguien lo ataca... es el guía del museo que lo golpea, ya lo sospechaba. Trata de defenderse, toma un inmenso jarrón, resulta pesadísimo, tal vez fuera de cobre y consigue golpearlo con él en la cabeza pensando que se rompería y lo dejaría sin arma. El ruido es espantoso, la cabeza del guía se balancea. Pero el jarrón no tiene ni un rasguño. Juan observa que desmayado, el guía tiene todavía más cara de pajarón.
Y dentro del sótano lo esperaba un horror mayor que el esperado.
Al horror de los cuadros se le sumaba una sombra...
Debían de haber quemado otras hierbas porque todo estaba lleno de un humo espeso y rojizo.
Era la sombra de un hombre, enorme, que vestido con una túnica, estaba de espaldas Junto a una especie de altar de piedra negra, de él salía la voz cascada que cantaba. La túnica de vivos colores, con bordados de figuras blasfemas y heréticas, parecía bailar entre los reflejos de las antorchas. Apenas cubría semejante corpachón, media como dos metros y un aura malvada se desprendía de su ser.
Nuevas sombras se le unen, con túnicas doradas y capuchas negras, parecen Ángeles de muerte. Saltan y bailan desenfrenadamente. La cantinela se acelera y se hace enloquecedora
Acostada en el altar, lista para el sacrificio, estaba Liliana, la túnica de ella era de color blanco, casi como el de su piel y se le pegaba al cuerpo. Parecía haber llorado largo rato, una mueca de dolor todavía cubría su rostro. Esperaba el sacrificio como las mujeres de los cuadros. Pesadas cadenas lastimaban su piel, rojos cardenales cubrían sus brazos. Apenas se la veía respirar pero que estuviera viva llenaba de esperanzas al pobre Juan.
Las otras sombras arrastraban a la profesora, que gemía medio inconsciente.
En ese momento, el sacerdote gira y lo ve... Una mueca atroz cubre su cara. El horror invadió a Juan que vacila sin poder creer lo que está viendo, ¿De dónde puede surgir tanta maldad, tanta blasfemia oscura?
Un murmullo sale de la boca de los esbirros. Huelen sangre...
Juan, se dio cuenta que el sacerdote era el que estaba espiando esta mañana cuando recorrían el museo. Un escalofrío recorrió su espalda
Ese hombre parecía Aleister Crowley. No podía ser, el guía dijo que murió en 1947, pensó Juan. Comprendió que a pesar de que era tan corpulento como Crowley, su cara era igual de angulosa, pero no era Aleister Crowley... era como si la cara de otra persona estuviera tratando de imitar la cara de Crowley, la cara del retrato, como si otro cuerpo estuviera contenido dentro de él. Se veía como si una persona distinta se transparentara dentro de su piel.
Y gritaba y gesticulaba... decía antiguos encantamientos y frases blasfemas...
Ph´nglui mglwinafh
Lhutchu
R´lyeh anwg fhtagn
wgah´nagl fhtagn
Lhutchu
mynngah
Faaris perctha.
Las otras sombras le hacían coro y le respondían. Todos señalaron al intruso. Una risa histérica llenó el aire, ya bastante enrarecido por el humo y el sudor de tantos seres.
Juan, entró como una tromba. Llevado por el impulso llegó hasta el sacerdote sin que nadie lo detuviera, levantó el jarrón y le pegó con él en el inmenso pecho del falso Crowley... pero no le hizo nada. El jarrón tan duro y pesado que ni se había mellado con la cabeza del guía ahora se hacía pedazos al golpear el pecho del falso Crowley.
Que fuerza...
Y cuanto salvajismo. Lo golpeó a Juan con sus grandes puños, dejándolo sin respiración, y eso que casi ni lo tocó. Y volvió a golpearlo, antes de que Juan pudiera reaccionar.
Las sombras miraban, adorando al sacerdote, sintiendo todo el poder que de él emanaba. Sus cantos se elevaron de tono y se hicieron estruendosos.
Fijaban sus ojos en Juan como cuervos que paladean un festín. Festín de carne muerta y putrefacta. La muerte cercana los excitaba, giraban de un lado para el otro
Como si nada, el sacerdote, lo levantó, regocijándose en el dolor que le producía y lo arrojó contra la pared como si fuera una polilla que le molestaba. Profiriendo oscuras amenazas contra nuestro lastimado héroe...
Los adláteres reían y coreaban los oscuros cánticos,
Ahí, envalentonado el falso Crowley, riéndose con los otros malvados sacerdotes, le contó a Juan, caído y mareado, que él era el pintor amigo de Crowley, Yánez de los Ríos, que juntos habían pintado estos cuadros hace 93 años y que oscuros dioses le habían dado vida eterna a cambio de un sacrificio anual en Halloween, donde bebería la sangre de una mujer de ojos verdes y con esa misma sangre repintaría los cuadros donde los dioses brillarían con todo su esplendor... Dioses que estaban expectantes con su vuelta cercana a la Tierra, superado el exilio de millones de años... Apocalíptico regreso profetizado por Crowley.
Juan tozudo, trata de levantarse, pero claudica, Crowley se ríe, se sabe muy superior. Los esbirros aúllan, ven que la victoria está cerca, que se acerca el tan ansiado sacrificio.
La sangre, que cae de los ojos de Juan casi le impide ver que Liliana trata de liberarse y correr a su encuentro, que trata de ayudarlo o, por lo menos, morir a su lado. Eso le da las fuerzas que ya no tenía. Debe defender esos ojos verdes.
Juan se toma de una de las antorchas para poder pararse. Una idea le viene a la mente.
Adivinando la intención, Crowley se para con los brazos en jarras, desafiante... esperando que Juan le tire la antorcha, seguro que nada puede hacerle. La apagará con un soplido
Pero Juan tiene otra idea... la arroja contra los cuadros... el aceite se derrama sobre ellos y empiezan a arder...
El falso Crowley grita, empieza a encogerse, arrugarse... Los 93 años se le vienen encima... recuperando su cuerpo, encontrando su muerte.
Juan corre a liberar a Liliana y a la profesora, que estaba tirada en el piso. Los esbirros tratan de salvar los cuadros pero las llamas son más fuertes, se elevan majestuosas e incontenibles.
Nuestros héroes se escapan del museo que, ahora, empieza a arder descontroladamente.
Liliana empieza a recomponerse.
El color de las llamas se refleja en sus ojos verdes y les da un brillo sobrenatural.
Juan está enamorado, tan enamorado que no nota que ahora el rostro de Liliana, más anguloso, tiene un curioso parecido con el cuadro de Aleister Crowley.
Con Música de Pappo
Esa noche era la primera vez que Pappo tocaba con BB King, en realidad el Carpo estaba como telonero, y la gente (yo estaba ahí) le empezamos a pedir que tocara con Pappo, en los bises. El pobre BB, no entendía nada, que era eso que la gente le pedía...
Hasta que le fueron atraer a Pappo, que perdido, se estaba bañando después de su set.
Obvio, que el chabón se tocó todo, y nos dejó locos a todos.
Así que yo volvía a mi casa, en el coche, cantando las canciones de Pappo a todo pulmón.
Elvira...me gusta estar al sol.
No puedo evitar... que vengan hacia mí... los sanguches de miga...
Y el eterno
No sé porque imaginé... que estábamos unidos... y me sentí mejor...
No sé si iba distraído, si el cassette se había terminado y me agaché a darlo vuelta...
Pero la tenía encima, venía corriendo, saliendo de la placita Sáenz Peña, ahí en Juan B. Justo y Boyacá... La atropellé.
Salgo, tratando de ayudarla. Pero
-No, al hospital no.
Ahí me di cuenta que no era normal... Había algo en sus piernas...
La llevé a casa, bajo la luz de los faroles, pude ver sus defectos (¿defectos?).
Había algo de pez en ella, en esos ojos tan saltones, el color verdoso de su piel, el cuello engrosado...
Estaba decayendo rápidamente, la piel se le llenaba de arrugas.
No sabiendo que hacer, la metí en la bañadera. Un aroma salado inundó toda la habitación.
Empezaba a revivir...
Abrió los ojos, eran verdes, tan verdes...
Empezó a canturrear, suavemente.
La música, traspasaba mi piel...
La remera, mojada, se le pegaba al cuerpo. ¡Qué cuerpo!
Empecé a morirme, su piel era muy tersa, ahora y sus mejillas brillaban...
Esa boca, no podía perderme esa boca. Grande, carnosa, de labios gruesos. La movía dulcemente, mientras seguía cantando su canción...
Me abalancé sobre ella.
Y al hacerle el amor, se iba poniendo más y más hermosa.
Entonces, yo seguía haciéndoselo... más y más...
Exhausto, caí dormido.
A la mañana ya no estaba.
Tan sólo por el olor en el baño, sabía que no había sido un sueño.
Y hoy, recorro todas las madrugadas la plaza, esperando volver a verla.
Empecé por besarla
Era la primera vez que la besaba... que tenía sus ojos verdes en mí... que podía apartar su pelo negro de mi pecho.
Su boca tan cálida... más de lo que había soñado (y su lengua que me provocaría pesadillas)
Estábamos en su casa, luego de cenar, en realidad ella apenas había probado la comida, y es que era tan flaca... demasiado... tanto que contrastaba con la gordura de sus cuatro gatos...
Gatos que alborotaban a nuestro alrededor.
Y el más gordo, me mira con odio, celoso, mientras la beso. Estiro la pierna para patearlo pero salta y me elude, riéndose. No es tan torpe como parecía.
Sigo besándola y mis manos se dirigen a sus pechos, tan flaca como es tiene los pechos más grandes que yo haya visto...
Puedo tocarlos, sentirlos bajo la tela de su remera, pero cuando quiero sacársela me lo impide... besándome ella con más fuerza...
Su boca baja por mi pecho, me quita el pantalón... Ah, qué bueno, pero su lengua me parece un poco rasposa...
Sigo besándola mis manos no me pertenecen y buscan caminos en su cuerpo.
Le saco los pantalones despacito... pero no parece gustarle, aunque su boca pide más. Comprendo muerdo la tanguita y la rompo entre mis dientes.
Ronronea de placer (y yo también)
La cama ya es un mar que ella hará hervir...
Quiero tenerla en mis brazos... estrujarla... tomo la remera por el cuello y la desgarro para poder abrazarla y sentir en mi pecho, sus pechos, ya tan soñados,
La abrazo pero siento algo frío que de tan frío me quema... Su medallón... que cuelga entre sus pechos y ni ellos lo entibian...
Nunca se lo había visto pero sin embargo creo que lo recuerdo, no sé de donde...
Por supuesto no pregunté.
Molesto por ese frío subo mi apuesta y se lo arranco
-¡No!
Grita
Y las luces se apagaron
Un sudor frío corre por mi espalda, en medio de la oscuridad veo brillar los ojos de los cuatro gatos que rodean la cama.
Y frente mío...
Ya no debajo mío... sus ojos verdes que también brillan en la oscuridad con sus pupilas ahora alargadas
Y entonces recordé el medallón ¡El amuleto de Isis!
La leyenda contaba de una reina muy malvada... morocha y de ojos verdes, cuyo amor por los gatos (tal vez su sexo con ellos) había logrado transformarla en uno de ellos por las noches.
Juntos salían de cacería alimentándose con carne humana, hasta que Isis, que no podía consentir que sus amados gatos sagrados pecaran así, consiguió colocarle un amuleto al cuello que la confinaría en su cuerpo humano... el más bueno de los dos.
Y ahora yo se lo había quitado. Y aunque estuviera en mis manos no me protegería... sólo en su cuello podría hacerlo... podría detenerla.
Cinco pares de ojos brillantes me rodearon. Me llegó su aliento... cálido...
Sólo me quedaba el consuelo de que ella ya no estaría tan flaca...
Ella la lleva
Una mortaja gris
Lleva la niña
y él yace acostado.
- Yo lo he amado tanto,
piensa la niña
y ahora, sólo la muerte
puede amarlo...
Una mortaja gris
lleva la niña.
Le da calor con su mano
pero no podrá cambiar
el frío de quien la usará...
No, ya no.
Una mortaja gris
y mil colores
en su recuerdo.
Una mortaja gris
lleva la niña
y va llorando
con sus ojos cerrados.
Y hay quien ya no los abrirá...
Una mortaja gris
lleva la niña
y casi parece
que fuera para ella...
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